Ida

en extrañas cosas moro
alejandra pizarnik


Últimamente estoy viendo mucho cine religioso. Me gusta. Me hace sentir que estoy en un mundo donde mis preguntas y mis respuestas son valoradas. Me hace sentir que habito un espacio en donde las cosas sagradas pesan y son relevantes. Es el mundo de la importancia, de la gravedad, del melodrama. El otro día estaba viendo Diary of a Country Priest, y sentí eso, que era excesivamente melodramática, que a cada momento el sacerdote de Ambricourt era demasiado sensible y excepcional. Es precisamente lo que siento conmigo mismo. Cada rato todo me pesa y es demasiado insoportable para mí. El cura sufría, sufría y sorpresivamente encontraba en cada momento redención. Todo es gracia, decía el cura. Como si todo estuviera manchado o repleto de esa profundidad en que las cosas cantan y hablan.

También me vi Of gods and men y me gustó. Es sobre un monasterio en Argelia durante la guerra civil. Me encantó. Lo más bonito de toda la película eran los momentos en que los monjes celebraban sus ritos. Siempre he odiado la ritualidad católica. Recuerdo los domingos en que iba a misa con mi familia y me dan ganas de morirme. Y aún así, recuerdo las ceremonias de esta película con tanto cariño. Es como si los monjes de Tibhirine me hubieran enseñado de nuevo a apreciar los gestos, la minucia, la lentitud con la que se hacen las cosas que se aman y se veneran. Mis partes favoritas eran cuando cantaban, en un momento me pareció que las voces eran medio falsas pero luego vi un documental sobre monjes cartujos y descubrí que no, que de verdad los monjes de a pie cantan así, con la misma profundidad y levedad con la que lavan los platos o hacen la comida.

La última que vi fue Ida y la experiencia fue extraña. La mayoría de la película me la pasé en un estado de trance anonadado por la quetiapina. Es extraño porque la pastilla siempre me produce una mezcla de somnolencia y ebriedad. Es como si estuviera drogado pero relajado. O drogado pero no drogado. Es raro. Hoy mientras terminaba de verla estaba teniendo flashbacks emocionales de mi infancia y estuve oscilando entre el trance de ver la película y el trance de los fogonazos de un pasado posible. Quién sabe. A lo mejor simplemente estaba delirando y algo de lo que me pasó hoy y de lo que vi en la película me hizo rememorar. El caso es que no la disfruté tanto pero igual me pareció preciosa. El trabajo de cámara es tan lindo. Está grabada en 4:3, es decir que es como cuadrada y tiene puras tomas fijas. Planos que están hechos para que la acción ocurra sin mover mucho la cámara y sin tener que cambiar mucho a otro plano. Es divina. Y la protagonista, ni qué decir. Algo que he aprendido mucho del cine oriental y del cine europeo contemplativo es que los gestos dicen más que las palabras y los gestos siempre son contenidos y sutiles. Es como si Ida dijera demasiado simplemente callando o compartiendo una mirada. Como si fuese suficiente con alzar los ojos o con mirar hacia abajo. Es hermosa.

Varias de las escenas que más me gustaron fueron cuando se enamora o se involucra con este chico. Estuvo genial. Me pareció muy bella la idea de un amor efímero pero en un contexto no-romántico y no-melodramático. Ida es una mujer que está cerca de recibir los votos para convertirse en monja y debe resolver varias cosas de su vida antes de hacerlo. Ni siquiera por decisión suya, sino de su superiora. Entonces está más que obligada a hacerlo. En ese viaje conoce a este chico que es un músico de jazz y él se enamora de ella. No sabemos si ella de él, pero ajá. Me gustaron mucho las escenas en que comparten porque era como ver un amor fallido e incompleto que no está mediado por las grandes historias de Hollywood sino por la realidad de una persona que tiene una vocación y otra que tiene su propio camino y se encuentran en la complejidad de lo real. Es bonito, muy bonito. A menudo me sentía como Ida, alguien que no puede responder a las cosas del mundo porque está enfocada en otros asuntos más allá. En otras ocasiones me sentía como el chico, alguien enamorado de algo o de otra persona con la plena convicción de que no durará, de que será simplemente un respiro entre tanta fatiga o un ensoñamiento que alcanzará varios días.

No sé, son las 5:35 de la mañana y esta es la primera entrada de mi diario. Es chistoso, vivo con la fuerte certidumbre de que nadie leerá esto jamás. Tampoco espero que alguien lo haga. Pero bueno, intentaré acostarme de nuevo pensando en la belleza de Ida y en la profundidad del cura de Ambricourt. Sé que suena medio chistoso cuando lo nombro así, pero es que en la peli no tiene nombre. ¿Se imaginan? No tener nombre, qué cosa más preciosa: desaparecer. En un mundo en que todo el mundo quiere aparecer, ser alguien. Lo mejor sería dejar de ser, como Dios. Ser una esencia abstracta e incólume que nadie entiende. Lo que está más allá, lo indescifrable. Y uno tan humano, qué desgaste, por dios.

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