pues el viento, el viento gracioso
se extiende como un gato para dejarse definir
josé lezama lima
Juan Sebastián fue uno de mis profesores favoritos. Sus clases eran
una inmensa experiencia. Nos sentábamos en círculo mientras algún
compañero leía su ponencia y luego la comentábamos juntos. En las
sesiones siguientes teníamos que hacer textos creativos a partir
de cuentos o ensayos y luego hablábamos del resultado entre todos.
Era el tipo de clase que más me gustaba, en donde el espacio se
creaba a partir del diálogo y el compartir en común. Una dinámica
que yo mismo intenté recrear cuando fui docente y no pude lograrlo.
Pero está bien, creo que esperar que acontezca lo mismo que en una
clase que uno admiró es un poco una ilusión, y que muchas veces
lo novedoso es lo otro que sucede. Aunque nunca negaré que en mí
quedó la ilusión de que los círculos de estudiantes que creé fueran
distintos, quizá incluso más parecidos a cuando estudié Filosofía,
pero eso es otra historia. Lo importante es que llevo a Juan
Sebastián en el recuerdo. De vez en cuando pienso en él y su figura
particular. La primera vez que lo vi pensé que era un estudiante,
pero iba vestido de forma tan elegante y con tanta propiedad que
terminé concluyendo que era docente. Cada uno de sus aportes era
certero, directo, siempre iba al punto. Hasta el día de hoy creo
que es el mejor lector que he conocido y que conoceré.
Tal vez es por esto que hace unos días apareció en mis sueños.
Caminaba por una especie de universidad y en un momento me crucé
con él. Le conté todo lo que me había fastidiado de ser profe
y me dijo entre sonrisas: «Le tengo el secreto». Y claro, yo alisté
mis cuadernos y me senté en un salón con él a anotar. Pero entonces
el sueño se hizo más sueño y no pude anotar nada. Esforzaba los
brazos, daba vueltas, me angustiaba y no quedaba nada en el papel.
Siempre que sueño algo parecido vivo un momento de crisis existencial
en el que pienso que me volví estúpido y ese instante fue así.
Había perdido la cabeza. Hice tanto esfuerzo en anotar que todavía
recuerdo el agotamiento y la desesperación.
Lo curioso es que empezaron a aparecer varias figuras. Una mezcla
de personas que he amado y que conocí. Es decir que no sabía quiénes
eran pero me generaban sensaciones de seguridad. Algunas me abrazaban,
otras me hablaban, pero siempre había un acto de contener. Recuerdo
especialmente una persona que me abrazaba desde atrás, como quien
pone su pecho encima de tu cabeza y te cubre con sus brazos mientras
estás sentado. Se sentía tan bien. Y es aquí donde encuentro una
contradicción fundamental: estaba frente a uno de mis profesores
favoritos recibiendo el secreto de la docencia, era incapaz de
anotarlo, y al mismo tiempo sentía un amor infinito que me rodeaba.
No lo sé, no logro comprender mi sueño. Sucedían otras cosas como
que Juan Sebastián era medio calvo, se veía viejo y desgastado.
O que pensaba en que volvía a ser de alguna manera un estudiante.
O que me debatía entre el sueño y la realidad. Pero el caso es que
Juan Sebastián, de nuevo, estuvo allí. Junto a esas presencias
misteriosas que parecían guardianas y a lo mejor eran compañías
que encarnaban la posibilidad de darme seguridad en un escenario
de temor y desconfianza. Ahora que lo pienso, me parece bello que
mi sueño haya buscado el balance. Tantas veces, en tantos sueños,
no lo hay, no existe el contrapeso que permita encontrar la calma,
pero en este sí.
Hoy quisiera llamar a Juan Sebastián, hablar con él. Recordar lo
brillante que era. Cuando hablaba de Hegel, cuando defendía a Marx,
cuando nombraba a un montón de escritores latinoamericanos que
ya he olvidado. Y si hablara con él, seguramente llegaríamos a
cualquier tema profundamente anodino, y nunca sería capaz de decirle
lo que le quiero decir. Como en el sueño. Y me asaltaría esa
sensación de ansiedad de no poder comunicar, de no encontrar la
palabra exacta, con el peso exacto y la entonación exacta. Como
en el sueño. Y me sobrevendría una especie de calma de aceptar la
mudez de las palabras, y de sentirme acogido por el hecho de que
el único compromiso posible en un intercambio es compartir, y
darse al otro, así sea en la vergüenza y la torpeza. Y podría
decirle lo imposible. Podría, con mi silencio, decirle lo que
las palabras no son capaces de decir.
Posdata: puse un epígrafe de Lezama porque Juan Sebastián lo odiaba, mientras que era uno de mis poetas favoritos.
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