cavaron y no escucharon nada más
no se hicieron sabios, no inventaron canción alguna,
no crearon ninguna lengua
cavaron
paul celan
Me hubiera gustado grabar La Chimera. Ya. Eso es todo lo que tengo por decir. Y lo único que repetiré incansablemente durante este texto: Me hubiera gustado grabar La Chimera. Los 80’s, Italia rural, un grupo de personas, comandadas por un inglés que tiene poderes, saquean tumbas para sobrevivir. Arthur es arqueólogo, de origen acomodado, anda en trajes lujosos, íntimamente dañados. Su grupo de amigos caben en el molde de lo criminal, hombres y mujeres de la calle. A todos les interesa el dinero, la ganancia fácil. A Arthur le interesa algo más, y creo que eso es lo que sostiene toda la película.
Le interesa el amor, por cliché que eso suene. Le interesa el amor por los detalles. Por la forma en que lo atiende Flora, madre y dueña de una casa inmensa donde vivía la enamorada de Arthur, Beniamina. Le interesan los pequeños gestos de Italia, una mujer torpe y encantadora que está aprendiendo a cantar con Flora y que termina siendo su sirvienta. Le interesan los objetos menos llamativos que encuentra en sus saqueos: un sonajero antiguo, casi ancestral, que le regala a Italia para que juegue con su niño. Arthur siempre resalta por lo que calla, más que por lo que dice. Y es por eso que es un gran personaje. Siempre está de mal genio, disgustado, está fuera de control, ha perdido su centro. Carga con una nostalgia en los ojos que no encuentra explicación hasta que vamos lentamente entendiendo que el saqueo de tumbas es su forma de procesar el duelo por la muerte de Beniamina.
No sabemos nada de su amada, no sabemos nada de su pasado, y aparentemente no sabemos nada de él. Solo que sufre, y procesa su sufrimiento buscando en las cuevas y en el subsuelo su propia profundidad. Algo que se le escapa. Es como si cada vez que cavara en la tierra se estuviera cavando a sí mismo y buscando algo que nunca encuentra. O de pronto sí, sí lo encuentra. Da con su propia ausencia, con su propio abismo. O más bien, con la ausencia en general, con el abismo más amplio. Rescata elementos preciados que vende en el mercado negro y a pesar de obtener dinero se le nota siempre insatisfecho, incompleto.
De pronto su incompletitud es Beniamina, lo que hubiera podido ser. En vez de saquear tumbas, profanar, romper con lo sagrado. Quisiera estar cultivando la sacralidad de su amor, de sus recuerdos. Pero siempre que escapa a su destino, siempre que encuentra algo más, usualmente en los gestos y la levedad de Italia, renuncia a ello y regresa a los saqueos. ¿Qué es lo que no encuentra en lo humano, y en el presente, que sí encuentra en el pasado y en los fantasmas? ¿Él mismo será un fantasma, una aparición, la sombra de algo que en el pasado quedó anclado y que revive cada vez que él busca entre los muertos, cada vez que trae un objeto antiguo, remoto, olvidado, hasta el presente?
Lo más bello de la película es que es un diálogo de tiempos. Continuas referencias a la cultura etrusca, experiencias concretas de la Italia rural, vivencias específicas de la criminalidad contemporánea: todo entrecruzado. Es como ver una película de Kusturica pero en su versión más mística. Es esa extraña combinación de magia, calle y misticismo propia de la cultura italiana, y que yo, tan ajeno y tan cercano, tan colombiano, desconocía. Ver La Chimera fue por un momento recorrer las calles de Riohacha a las 3 de la tarde, fue ir a un toque de punk en un parque de Bogotá, sentir el peso del tambor en algún barrio de Cartagena. Fue sentir algo cercano y totalmente lejano, ver en las vocales y las consonantes de un idioma ajeno el reflejo de un español tan íntimo, tan pausado a veces, distinto de la arborosidad del italiano, de su olor a tierra y a carbón, de su capacidad de ser alimento para la profundidad de un corazón hundido en las labores del mundo.
Qué preciosidad esta película, y qué necesidad de decirlo: me hubiera gustado grabar La Chimera. Y no por ser su autor, sino su partícipe. Me hubiera gustado participar de la experiencia, y ver de primera mano a Josh O’Connor transformarse en Arthur. Contemplar la figura de Beniamina perderse dejando a su rastro un hilo rojo. Un hilo tenso y suelto que Arthur irá persiguiendo en cada saqueo, rastreando en cada sueño. Hasta que en el último robo, en la última excursión, lo encuentre allí, flotando anclado a la tierra, esperando que alguien lo recoja y lo abrace y lo guarde. Para convertirse, una vez más, en un miembro de ese territorio ultraterreno que es la muerte. Esa tierra de nadie y de todos, a la que todos venimos cuando morimos, de la que todos partimos cuando nacemos.
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